Si supieras que tu hijo solo tiene una infancia, ¿qué cambiarías hoy en tu forma de criar?
Como padres, a menudo nos vemos envueltos en el ajetreo de la vida: entre oficios, gestionar las responsabilidades del hogar, pagar cuentas, planificar el trabajo, responder correos electrónicos y lidiar con nuestra pareja, la salud y un sinfín de tareas más. En medio de todo esto están nuestros hijos: los pequeños que imitan cada gesto y movimiento, y observan cada interacción y reacción que tenemos en nuestro mundo tan “adulto”.
No solemos detenernos a pensar en lo fácil que es pasar por alto las pequeñas oportunidades de darles a nuestros hijos lo que más necesitan: nuestra presencia y validación emocional en cada etapa de su crecimiento. Aunque la crianza puede ser un desafío, especialmente con las muchas responsabilidades que tenemos como adultos, también es nuestra responsabilidad hacer una pausa y reflexionar sobre aquellos aspectos en los que tal vez nos esté faltando algo. Nuestra presencia no consiste simplemente en estar a su lado; se trata de verlos tal como son y de estar realmente presentes cuando acuden a nosotros, nos llaman o atraviesan dificultades.
Este mensaje no pretende criticar la forma de criar de nadie. Más bien, es una invitación a reflexionar más profundamente sobre quiénes somos como individuos, quiénes somos como padres y qué estamos transmitiendo a nuestros hijos.
Todos crecimos en familias diferentes y con tradiciones distintas. Algunos fuimos criados por ambos padres, otros por uno solo, y algunos por abuelos u otros cuidadores. También fuimos testigos de diversas dinámicas relacionales durante nuestra infancia. ¿Había afecto? ¿Violencia? ¿Comunicación abierta? ¿Evasión emocional? ¿Tensión? ¿Armonía? ¿Alegría? ¿Distancia? ¿Oportunidades de conectar? ¿Miedo? Aunque estos recuerdos residen en lo más profundo de nuestro subconsciente, siguen moldeando nuestras vidas. A menudo afloran de manera involuntaria cuando nos toca a nosotros ejercer como padres.
¿Gritamos cuando dejan comida en el plato? ¿Ignoramos el llanto de nuestro hijo? ¿Los abrazamos cuando lo están pasando mal? ¿Les decimos frases como “llorar es de bebés”, “los niños no lloran” o “no ha pasado nada, estás bien”? ¿Ofrecemos conexión solo cuando están tranquilos y obedientes? ¿Cómo respondemos a nuestros hijos en sus momentos de necesidad?
A menudo, nuestras reacciones tienen su origen en nuestras primeras experiencias. Si no nos tomamos el tiempo para reflexionar sobre estos patrones y transformarlos, corremos el riesgo de transmitirlos involuntariamente, profundizando nuestras propias heridas y creando otras nuevas en nuestros hijos.
No tenemos que hacerlo todo bien siempre. Pero podemos empezar por preguntarnos por qué reaccionamos de la manera en que lo hacemos. ¿Qué situaciones actúan como detonantes para nosotros como padres? ¿Cuáles nos hacen perder la calma? ¿Existirá otra forma de responder?
No se trata de sentirnos culpables por lo que sentimos, sino de cultivar la curiosidad. A veces, hacer una pausa, respirar y reflexionar nos ayuda a reconocer si nuestras reacciones provienen de una necesidad no satisfecha de la infancia o de una herida oculta que aún persiste. Al ser conscientes de ello, podemos reflexionar en cómo influye en nuestra forma de criar y afecta a nuestros hijos.
Si nuestros hijos solo tienen una infancia, ¿qué estamos dispuestos a afrontar para brindarles la infancia que necesitan? El mejor regalo que podemos ofrecerles no es un padre o una madre perfectos, sino alguien dispuesto a crecer.